Barcelona desde Alhucemas (pasando por Melilla). Crónica de un viaje a la frontera

Este artículo ha sido publicado originalmente en http://blogs.publico.es/econonuestra/2017/09/13/barcelona-desde-alhucemas-pasando-por-melilla-cronica-de-un-viaje-a-la-frontera/

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El mismo día que regresábamos de nuestras vacaciones por el norte de África, a través de las televisiones que entretienen la espera en el minúsculo aeropuerto de Melilla, supimos de los atentados en Barcelona y Cambrils. Habíamos aprovechado la visita a unos familiares para recorrer la cercana, y a la vez remota, costa norte de Marruecos, otro mundo a tan solo unas decenas de kilómetros de las costas andaluzas. Empapados de lo vivido, recibimos con una intensidad especial el torrente informativo que trataba de llenar la brecha existencial producida por el atentado. Era preciso, tras un primer instante de conmoción, restablecer las fronteras a partir de las cuales nuestro entendimiento se orienta en el vacío generado por el sinsentido. Volvíamos de Melilla, una ciudad-frontera, lo cual nos proporcionaba una serie de elementos útiles para desterrar los prejuicios.

La identidad de los melillenses –habíamos concluido-, al igual que su frontera, se encuentra militarizada, atrincherada en un explícito juego de afirmación constante que es, en realidad, una clasificación incesante de todo lo que circula, incluidos ellos mismos. Es especialmente interesante acercarse a una frontera en nuestro mundo globalizado. Lo es porque, mucho más sutil, quizá, pero con la misma intensidad, nuestro propio entorno, alejado de fronteras físicas como la ominosa valla de Melilla, se está poblando de barreras identitarias, correlato psíquico de una renovada y reforzada estratificación social. Es como si la globalización, en guerra contra el límite, fuera consciente de esa carencia y hubiera decidido contrarrestarla con la proliferación ad infinitum de nuevos márgenes. Cada uno de nosotros, una frontera infranqueable.

Toda frontera, elemento físico, está acompañada de una gestión fronteriza. La UE, por ejemplo, ha externalizado o subcontratado en los últimos años el control fronterizo a países como Turquía o Marruecos, que han reconvertido los sectores económicos tradicionales de las zonas limítrofes, más o menos diversificados y sostenibles, dando lugar al “monocultivo” de la seguridad. La única “salida” de los jóvenes marroquíes de la zona del Rif pasa por incorporarse a uno de los diversos cuerpos de seguridad: Guardia Real, Gendarmería, Ejército o seguridad privada, regados por el maná proveniente de los Presupuestos Comunitarios de la UE (unos 300 euros por barba al mes). Solo una ínfima parte de ellos se une a grupos paramilitares, aunque le vale a la región para ser una de las principales canteras de grupos terroristas como Daesh.

Hay otra salida, si bien incierta. Los jóvenes rifeños se manifiestan desde hace más de diez meses en Alhucemas. Piden mejoras en las infraestructuras (carreteras, hospitales, una universidad, etc.). Hacen, en definitiva, política de lo concreto. La represión de las movilizaciones pacíficas es aplastante. Hay policía por todos lados, en la Plaza de Mohamed V, centro neurálgico de la caótica ciudad, y en cada uno de los accesos por carretera. Aun así, el mantenimiento del conflicto ha ido modulando un movimiento político que exige trabajo para los jóvenes y una verdadera representación en las instituciones. ¿Cómo no evocar la revolución tunecina de 2010? ¿Cómo no situar las movilizaciones del Rif en las estribaciones de las Primaveras Árabes?

Al margen de las guerras de Irak y Siria, donde los intereses geoestratégicos de las grandes potencias propiciaron el desastre, el arco que rodea la UE por el sur es un ecosistema social complejo, al que una política europea responsable debería acercarse para entender su propia complejidad social. La singularidad de Melilla, enclave español en el norte de África, ofrece un inmejorable campo de observación y experimentación. Trataré de hacerme cargo de esta complejidad a través de una anécdota:

Entramos en una peluquería de la zona del zoco melillense (debidamente asimilado como rastro) regentada por dos chicos musulmanes. Mientras esperamos nuestro turno, en la radio se suceden repetitivas e ininteligibles canciones en árabe y  los últimos éxitos de rap francés. Delante de mí, en la pared del espejo, cuelga en la parte superior un póster en blanco y negro de Abd el-Krim, líder de la resistencia anticolonial rifeña contra la ocupación francesa y española. A la derecha, en la televisión que cae del techo, el programa de citas Mujeres y hombres y viceversa atrae todas las miradas.

La actual gestión fronteriza de la UE es el resultado de la evolución del proyecto de integración comunitario hacia un dispositivo de seguridad. Dicho de otra manera, el dispositivo de seguridad es -por seguir en términos foucaultianos- el brazo armado de la nueva gubernamentalidad de la Unión, lo que conlleva, a nivel social, un fuerte repliegue identitario. Esto es más fácil de entender, por visible y descarnado, a medida que nos acercamos a la frontera. Allí, la política de seguridad funciona como un gigantesco mecanismo de clasificación, poniendo, literalmente, a cada uno en su sitio. Allí, nuestro amigo el peluquero -mestizo, políglota, pura intersección- es empujado a la cárcel de una identidad incontestable, unívoca, o como dice Amin Maalouf, asesina.

Esta tensión se palpa en la frontera. Pero, recordemos, hoy todos somos ya frontera. Y la gestión fronteriza se encuentra en manos del paradigma securitario. Lo vemos claro después de cada atentado. Cada estado de emergencia declarado por las autoridades implica la puesta en marcha de un nuevo paquete regulatorio en pos de la seguridad. La reglamentación de la excepción ocupa el espacio del Derecho -del Estado de Derecho-, colocando al ciudadano, paradójicamente, en una situación de mayor vulnerabilidad. La sucesión de atentados (París, Londres, Niza, Berlín, Barcelona…) actualiza la amenaza, dando verosimilitud a la normalización de la excepción, contribuyendo, por ende, a la necesidad de más seguridad. El dispositivo regulatorio penetra socialmente empequeñeciendo la ciudadanía, activando identidades latentes, o construyéndolas de la nada, mediante un sistema de clasificación que otorga un “padre biológico” a los sujetos sin ciudadanía. De ahí a la radicalización hay solo un paso. De ahí al atentado, un salto mortal.

Tal vez lo lógico sería invertir el tiempo en condenar el terrorismo y ponerse detrás de una pancarta que proclame la unidad de los demócratas, mientras se vocifera por la defensa de nuestros valores y nuestra forma de vida. Sería incluso confortable sentirse arropado por una comunidad de hermanos que caminan juntos en la misma dirección. Tras largas décadas acostumbrados a vivir por nada, el desmoronamiento identitario de la Europa fortaleza ofrece la posibilidad de morir por algo, el martirio por los valores civilizatorios de una parte que habla siempre en nombre de la Humanidad. Tal vez sea hora de mirarnos con otrosojos.

Pero, como en las calles de Alhucemas, existe otra posibilidad. La frontera -que clasifica- tiene también la doble función de unir y separar. Es, en otras palabras, una constante fluctuación entre lo propio y lo ajeno, entre la exclusión y la inclusión, entre el canibalismo y la solidaridad: es una relación. Hoy todos somos frontera, y la gestión fronteriza se encuentra en disputa entre una parte que se atrinchera tras nuestros miedos y otra que, todavía intuitivamente, se sabe intersección. A esta última nos encomendamos, pues no somos seres humanos que se relacionan, sino el resultado siempre incierto de la relación entre esos seres humanos.

 

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Barcelona desde Alhucemas (pasando por Melilla). Crónica de un viaje a la frontera

Barcelona en carne viva

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Tal vez el más valiente de los relatos que quieren hacerse cargo de lo innombrable ocurrido en Barcelona sea aquel que comienza con un desconcertado final: “Esos jóvenes estaban perfectamente integrados, y sin embargo…”. Y quizá lo sea porque la dificultad que entraña continuar la frase nos encamina -no hay otra vía- por un terreno impensado, alejado de los atajos que los medios de comunicación colocan al alcance de nuestras abatidas manos.

El atentado, en tanto que interrupción de la normalidad cotidiana, genera un corte traumático en el tiempo lineal, una fisura que rápidamente ha de ser colmada. De ahí la producción incesante de imágenes, los informativos especiales, las comparecencias de urgencia, la exposición de las víctimas, la repetición incesante del flujo reconducido por la senda controlable de la “unidad frente al terrorismo”. Antes si quiera de haber salido del aturdimiento, ya habrá a nuestra disposición una rígida cadena, causa y efecto, que dará cuenta de lo ocurrido, aunque esta nos empuje a un callejón sin salida, aunque lo ocurrido contenga en su seno toda la complejidad del mundo que habitamos y que de la posibilidad de contradecir su discurso totalitario dependa que no nos matemos entre nosotros mismos viéndonos como un otro inaceptable.

Los chicos de Ripoll, los terroristas, estaban perfectamente integrados en una sociedad que vive un profundo proceso de desintegración. Por ello se hace tan necesario militarizar las fronteras identitarias, por ello el repliegue táctico sobre “nuestros valores y nuestra forma de vida”. Este nihilismo, sin embargo, es algo que le ocurre a nuestra sociedad, algo consustancial a la forma de vida y los valores dominantes, el espejo deformado en el que, mucho me temo, podemos reconocernos a nada que ampliemos un poco la mirada.

Hace unos años, mientras ardían las periferias de las más emblemáticas ciudades de Francia, Inglaterra o Suecia, mucho antes de que la palabra ISIS respondiera por nosotros todas las preguntas que hoy se nos plantean, detuvimos la mirada en esos extraños que habitan el otro mundo que se levanta al otro lado de la esquina. Su violencia incontenible propició la construcción de un muro, perfectamente visible pero tranquilizador, hecho de desigualdad y exclusión. De esta manera, la masa informe pudo ser neutralizada, dando lugar, con el paso de los años, al surgimiento de vanguardias organizadas que rinden culto a la violencia redentora.

Por mucho que nos duela Barcelona, debemos reconocer la disparidad de fuerzas entre ese nosotros y ese ellos que se nos impone, hasta diluir ambas categorías. A lo sumo, debemos poder ver que lo que peligra en este escenario macabro es la vida de individuos marcados por el infortunio, no una idea restringida de civilización. Esto es lo que se oculta tras las fórmulas “la defensa de nuestros valores y nuestra forma de vida” y “la unidad frente al terrorismo”, el último y precario clavo ardiendo que trata de poner algún tipo de orden (insoportable) a este tiempo marcado por la interrupción y abierto a lo impensado.

Tal vez va siendo hora de construir otro escenario de la confrontación:

Vuestras guerras, nuestros muertos.     

      

Barcelona en carne viva

La frágil identidad europea y el otro

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“Se está produciendo una invasión. Esta inmigración masiva está cambiando la faz de nuestro continente. Estamos perdiendo nuestra seguridad y nuestro modo de vida y corremos el peligro de que los europeos se conviertan en una minoría en sus propios países”. Así justifican los tripulantes del C-Star, el barco fletado por el fascismo paneuropeo de Generación Identitaria, su presencia en el Mediterráneo para defender nuestros valores.

Desde hace un par de días, las autoridades del Canal de Suez retienen la embarcación por carecer de la documentación y los permisos necesarios para navegar, impidiendo, por el momento, que la organización torpedee los esfuerzos de quienes, como Médicos sin Fronteras o Proactiva Open Arms, tratan de salvar las vidas de aquellos que se lanzan al mar, acusándoles, además, de colaborar con mafias dedicadas al tráfico de personas.

Este discurso podría sorprendernos de no ser porque sigue las líneas de lo que, de un modo más sutil, marcan la propia Unión Europea o el Ministro del Interior español. Halla así su legitimación en la configuración de la UE como dispositivo de seguridad en el que opera un entramado de relaciones de poder, discursos y prácticas que han llevado a constituir la Europa fortaleza en la que vivimos.

Desde que estallara la crisis de 2008, el poder europeo ha hecho esfuerzos enconados por debilitar la fractura que supuso el fracaso del modelo de integración comunitario mediante el afianzamiento de sus fronteras hacia fuera. Los Estados miembro, supeditados siempre a Bruselas, habían transfigurado el mapa europeo, suprimiendo las fronteras interiores y permitiendo la libre circulación de personas, mercancías, servicios y capitales y, con la quiebra del modelo, se volvieron grietas por las que se desmembraba la UE.

Esta fortaleza exterior, producida como consecuencia de ese debilitamiento -no olvidemos que, para que haya un fortalecimiento, tiene que existir una sensación de debilidad y exposición- ha encontrado en las supuestas amenazas terrorista y del flujo de personas el elemento perfecto mediante el cual cohesionar la fracturada identidad europea; construir el otro para construir un nosotros.

Pero lo cierto es que, con la excepción del atentado terrorista de Niza, el resto de ataques perpetrados por musulmanes en Europa han sido casos violentos de relativa baja intensidad. Del mismo modo, el millón de refugiados ucranianos que han llegado a Polonia desde el estallido de la guerra en Ucrania son prácticamente invisibles en las calles polacas, mientras que un número similar de refugiados de Siria, Irak y Afganistán en Alemania son imposibles de ignorar, ya que contribuyen a la generación audiovisual del otro. Y, además, Polonia no es Alemania.

La configuración de Europa como una fortaleza ha frenado el potencial crítico de las identidades  políticas que emergen con el estallido de la crisis. Si recordamos, en un primer momento se vive una situación de desbloqueo en la que se abre la posibilidad de pensar una Unión Europea otra, con una crítica que va directa al corazón de la UE, y con la que conceptos como el de Troika pueblan el imaginario político. Esto no sería más que una reprobación a la falta de democracia del sistema, pero también una reacción contra la falsa cantinela desde el norte del “habéis vivido por encima de vuestras posibilidades”, articulada sobre el modelo ordoliberal impuesto y el austericidio. La nefasta gestión que hizo el establishment alemán de la crisis en el ámbito europeo conllevó el desencanto europeísta de sociedades enteras que habían creído en el modelo, especialmente en las “derrochadoras” periferias mediterráneas. Y esto era algo que Bruselas no podía tolerar. El enemigo no podía ser Alemania.

Sin embargo, pensar que el modelo ordoliberal se impone y que lo que nos dice la UE es realmente lo que nos dice Alemania allana el terreno a los poderes fácticos. Esta argumentación sería tolerable para las élites de los Estados miembro y, por ello, debemos hacer una lectura en clave marxista, en el sentido de que esta UE alemana responde, sin lugar a dudas, a los intereses de las élites europeas, de la hegemonía, del status quo. Es precisamente aquí donde se abre la posibilidad de repensar la Unión, y por ello son tan importantes los procesos políticos concretos de cada nación, por eso el surgimiento de Podemos o unas elecciones en Francia hacen que Europa tiemble.

La instrumentalización de cada nuevo ataque terrorista a manos de grupos yihadistas sirve para apuntalar lo poco que queda de la frágil identidad europea, articulando esa Europa fortaleza en la que el status quo, con la creación del otro, genera un nosotros. Porque no podemos olvidar que una sociedad insegura no recurre necesariamente a una acción militar tradicional, sino que abraza procesos que sirvan para yuxtaponer el nosotros contra ellos.

La actual Unión Europea está llena de contradicciones. Desde las instituciones se habla de la necesidad de acoger refugiados, de democracia y libertad o se reciben premios por su paz y su concordia y, a la vez, cada nueva política comunitaria genera rutas de migración más mortales,  se criminaliza a grupos sociales enteros o se externaliza el control fronterizo (mediante la diplomacia de chequera) a terceros países que ni respetan los DDHH ni van a asegurar la integridad física de los más necesitados. Y parece que el poder y el fascismo se valen de todo ello.

El problema de la inmigración es además perfecto como catalizador político, ya que solo las situaciones en las que la propia identidad se ve amenazada por el diferente la robustecen, incluso cuando esta amenaza es, como ahora, impostada. Según señalan Daniel Raventós y Julia Wark en un artículo sobre refugiados y salud mental, en el año 2016, en Alemania hubo casi diez ataques diarios a inmigrantes, pero en estos casos prevalece lo que ellos llaman “timidez semántica” y los medios nunca hablan de terroristas, sino de perturbados.

Esta idea del dispositivo de seguridad es fundamental para entender que la desdemocratización en la que se ha sumido a la UE y a sus Estados miembro, la cesión de soberanía o el estrangulamiento de países enteros mediante la aplicación a ultranza de políticas de austeridad no se vean afectadas por una reacción. Al contrario, que pueda crear un cierre de filas en el que la verosimilitud de la identidad europea existente -surgida del imaginario común de unos símbolos, unas instituciones comunitarias y de la creación del ciudadano europeo como nuevo sujeto de Derechos, pero que carece de correlato social y de substancia extrajurídica- y de su potencial reaccionario se actualicen.

Pero este fortalecimiento territorial y discursivo es un arma de doble filo. Los marginales partidos de extrema derecha, que hasta 2015 existían como una forma de folklore político, se vienen valiendo en los últimos años del descontento hacia el modelo de integración y las instituciones de Bruselas para generar un espacio político fascista y apelar a aquellos grupos de población que se sienten engañados por las promesas emancipatorias de la modernidad, llegando a articular incluso su programa en torno a la salida de la UE. Sin embargo, resulta muy sugerente preguntarnos por qué esos movimientos euroescépticos se han vuelto más europeístas en los últimos meses, con la moderación de Marine Le Pen en la segunda vuelta de las presidenciales francesas como ejemplo representativo. Su matizada postura durante el ballotage respecto a una salida inminente de la UE fue leída como una estrategia para ganar votos, pero en ella subyace una realidad peligrosa: la ultraderecha se empieza a sentir muy cómoda en esta Unión Europea.

La conversión de la UE en dispositivo de seguridad ha sido un éxito, pero no es definitivo porque no plantea un modelo de sociedad, sino uno de emergencia que sitúa al continente entero en un estado de excepción sin límites. En este contexto, es posible que se lleven a cabo políticas excepcionales, se recorten derechos y se profundice en la desdemocratización de nuestros sistemas, porque, ante todo, el sentido común que está operando nos dice que nuestra primera necesidad tiene que ser la (sensación de) seguridad. Que partidos fascistas y neonazis vayan ganando escaños en los parlamentos nacionales y en el Parlamento Europeo serviría también, según vemos que se articula el discurso hegemónico, para establecer un antagonismo irreal entre la derecha de orden y la derecha de desorden, antagonismo en el que el poder realmente existente siempre sale ganando. Pero, que no nos engañen: si el fascismo es la alternativa, es que no hay alternativa.

Por todo esto, la defensa de un imaginario político a partir de los valores y conceptos de los que en otro momento se ha valido el establishment cobra una radicalidad tremenda. En Europa y en los Estados miembro se ha vuelto radical asumir el posicionamiento conservador en torno a la defensa de la democracia, del Estado de bienestar o  de las políticas de convergencia económica, lo que confiere un potencial político enorme a un movimiento emancipador que logre entenderlo y revierta la locura austericida, convirtiéndola en potencial para hacerse con una mayoría social.

El retraimiento del modelo de ciudadanía ha dejado un espacio para el surgimiento de identidades asesinas en la mayoría de los países europeos, y el ejemplo del C-Star es solo uno de muchos. Pero ese espacio también puede ser ocupado por una idea de pueblo progresista y avanzada.

Teniendo en cuenta que Europa y el Euro son nuestro marco de posibilidades, hay que aprovechar las próximas Elecciones de 2019 para generar una identidad europea renovada con la que se pueda romper la dicotomía impuesta de la derecha y la ultraderecha, construir un verdadero antagonismo que nos dé la oportunidad de disputar las cuestiones clave que vertebran nuestra sociedad, poniéndolas nosotros mismos en el centro de la agenda pública, y crear así un pueblo europeo transformador.

La frágil identidad europea y el otro

Miguel Ángel Blanco y la consolidación de un imaginario de guerra

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Para toda una generación de españoles –la que creció en esa tierra de nadie que son los años noventa-, el brutal asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de la banda terrorista ETA representa el punto final del ensimismamiento adolescente del yo y el nacimiento de algo así como una conciencia política. Un episodio que se acumula en multitud de biografías particulares y que merece ser, por ello, un (infausto) acontecimiento histórico de nuestro pasado reciente.

Pero no es solo una cuestión generacional. El secuestro del concejal de Ermua marca, además, el paso definitivo de una política centrada en el relato a otra, mucho más moderna, basada en la imagen; una cuestión de suma importancia si pensamos que el desarrollo posterior de la democracia en España va a estar determinado, en muchos aspectos, por este primado de la imagen frente al discurso. Así pues, la línea divisoria que establece este atentado otorga a la palabra <<terrorismo>> una polisemia que, salvo para los nostálgicos del antifranquismo, pronto será olvidada, incorporando al concepto su unívoco sentido actual, esto es, la condición de frontera infranqueable de una democracia cada vez más escuálida.   

A partir de entonces, la consolidación de un imaginario de guerra (contra el terror) adquiere verosimilitud con cada atentado. Toda muerte pasa a ser absurda, vana, aunque permita actualizar un dispositivo consensual, entre la práctica totalidad de fuerzas político-sociales del país, que va a operar durante la segunda mitad de los 90 y hasta el funesto 11-M. La “unidad de los demócratas” es, de esta manera, el clima ideológico que acompaña el proceso de privatizaciones y el arranque de la burbuja inmobiliaria que darán lugar al vertiginoso “milagro español”, una verdadera hegemonía cultural que atravesará las identidades políticas de la Transición y la propia estructura social de una España crecientemente desigual y autosatisfecha, muerta de miedo –de forma irracional, si atendemos al paulatino descenso de los atentados desde finales de los años 80- y, por fin, agarrada a la locomotora del tren europeo vía facilidad de acceso al crédito.

La imagen del crespón negro en las pantallas de televisión y esas 48 horas de la cuenta atrás permanecen imborrables en nuestra memoria, dando pábulo a una reconciliación sentimental, tras el desencanto socialista, con las instituciones de la joven democracia española, auténtico sustrato de legitimidad de un sistema de poder que había dilapidado en pocos años el entusiasmo del final de la dictadura. Es el momento de otro giro semántico, el de las víctimas, que a partir de entonces se incorporarán con fuerza al imaginario político, constituyendo una suerte de comunidad ontológica que no distinguirá ya entre lo ocurrido antes de la muerte del dictador y con posterioridad, y que colmará el espacio de la memoria colectiva durante años, arrojando tierra sobre las abarrotadas cunetas del país.

Es en este sentido en el que podemos afirmar que la democracia española actual se asienta sobre las víctimas de ETA. Sobre su condición de mártires cabe hacer, no obstante, un ejercicio de deconstrucción, pues es en ese “momento ético”, en el sentido que le da Reyes Mate, cuando se están edificando los límites de lo aceptable y lo decente, instancias éticas que van a conformar los márgenes de lo políticamente posible. Asumido esto, sería más pertinente, en el sentido de menos engañoso, hablar de un cierto tipo de victimización, es decir, de construcción de la víctima según unos parámetros políticos sectarios y muy útiles. Es así como esta deja de ser de todos para pasar a ser un arma arrojadiza. El caso de Miguel Ángel Blanco resulta paradigmático.

Pero he aquí que el 20º aniversario del ominoso asesinato se produce en un tiempo caracterizado por lo que Kierkegaard llamaba “la suspensión política de la ética”, un movimiento que convierte todas las fronteras en materiales porosos, que permite una reapropiación de los antiguos conceptos que estructuran la realidad. La víctima se convierte, como todo lo demás, en un campo de batallas, la memoria abandona su condición selectiva para vivir una apertura en todas las direcciones, los fastos conmemorativos del atentado salvaje contra Miguel Ángel Blanco conviven con la precaria recuperación de los restos del padre de Ascensión Mendieta.

P.D.: El día que ETA, o lo que quede de ella (si es que algo queda), rinda cuentas ante la sociedad española por todos los crímenes injustificables cometidos, debemos achacarle, además, su parte correspondiente de responsabilidad por haber contribuido, siendo muchas veces el tonto útil, a la baja calidad de la democracia española. Uno puede entregar las armas y disolverse en cualquier momento, pero lo que es más cuestionable es si es posible disolver la presencia asfixiante en el imaginario colectivo de la representación absoluta del mal.     

Miguel Ángel Blanco y la consolidación de un imaginario de guerra

España dentro de Cataluña

Este artículo de opinión ha sido publicado en El Salto.

 

En su fascinante Historia del poder político en España (sintomáticamente agotado en las librerías), José Luis Villacañas relaciona la debilidad histórica del Estado español con la pervivencia, a lo largo de la modernidad, de la forma imperio, lo que habría generado, de puertas hacia dentro, una insuficiente homogeneización nacional y, como consecuencia de ello, un poder político-militar docto en la represión de su propio pueblo (que nunca llegó a ser tal), e igualmente diestro en coleccionar derrotas exteriores.

El proyecto político inacabado, en los parámetros de la modernidad, que llamamos España mantendría, según Villacañas, una relación problemática con sus territorios políticamente más avanzados. Así, la mayoría de las veces, la viabilidad del Estado ha sido condicionada al acuerdo entre las élites dirigentes del centro y las periferias. Otras veces, y en otros ámbitos, la debilidad del centro político ha propiciado que España sea en muchos aspectos un país de periferias (y Cataluña su motor), lo cual no debería suponer un trauma, sino una oportunidad para afirmar la potencia política de la diversidad en un futuro federal que tendrá necesariamente que llegar algún día.

Sin embargo, Cataluña y España no son realidades suprahistóricas que se relacionan, sino el fruto inmaduro de una relación que las constituye. Al menos en términos de identidad nacional, ya que a nivel institucional España ha conseguido ser Una (y no cincuentaiuna) por medio de arreglos entre élites que han traído, que nadie se engañe, más años de estabilidad que de conflicto y un progresivo perfeccionamiento institucional que explica la solidez, a pesar de la profunda crisis de representación, del sistema político español. La ruptura a la que asistimos actualmente es la consecuencia lógica de la quiebra del modelo que dotó de equilibrio al sistema de la Transición, cuyo paulatino vaciamiento de lo político pudo ser ocupado, parcialmente, por el tira y afloja económico-identitario que emergía del reconocimiento constitucional (con la boca pequeña) del llamado “problema territorial”.

En la historia reciente de España, los momentos de cierta apertura política han ido acompañados de un claro repliegue identitario. ¿Es esto casual? Sostenemos que no, que la apertura democrática que representan los momentos políticos clave, como el periodo transicional y, últimamente, el 15-M, han sido debidamente neutralizados mediante la canalización de las demandas populares, al menos en parte, por la senda conocida de la tensión territorial, del clivaje centro-periferia. Así pues, cualquier intento de afrontar el problema del encaje de Cataluña en España que no considere, a su vez, los problemas de la democracia y la desigualdad, supondrá un mero escamoteo del presente, un nuevo punto de equilibrio que dotará al país de otros treinta años de estabilidad, pero que arrojará una pesada losa sobre las aspiraciones político-sociales del futuro.

Esta forma de construir lo político tiene, indudablemente, sus riesgos, y en unas circunstancias como las actuales todavía más. La crisis del sistema político español ha provocado la radicalización de las fracturas políticas sobre las que se asienta, que han dejado de ser, de esta manera, mecanismos perfectamente integrados y útiles para la canalización del conflicto social, hasta convertirse en una verdadera amenaza al mantenimiento del statu quo. Podríamos decir que, tanto las élites españolas como las catalanas (al fin y al cabo, ambas élites del Estado), sabían de la gravedad de la situación de crisis y del desplazamiento que se estaba produciendo, por lo que vieron la necesidad de tensar la cuerda de siempre, si bien hasta límites antes no conocidos.

Cabe ahora preguntarse si la actual situación de choque de trenes, consecuencia inesperada de la reacción del poder (español y catalán) ante el despertar político de la otrora desmovilizada sociedad española, permite una articulación alternativa de lo político. Esta requeriría de una nueva dislocación de la aporía imperante: legalidad versus legitimidad, un callejón sin salida que devuelve la iniciativa a las manos de siempre y que nos encamina a un abismo anunciado que, con todo, no acaba de llegar.

De la tesis de Villacañas extraemos la necesidad de articular un modelo de convivencia sobre las bases del reconocimiento y el autogobierno de los pueblos que conforman el Estado español. La situación actual evidencia, sin embargo, las dificultades para avanzar en dicha dirección, en un ambiente viciado por un estado de excepción que no termina y que impone, más bien, una forma de desunión políticamente muy productiva.

España dentro de Cataluña

40 años de paz

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Viendo la contundencia con la que el Rey Felipe VI arroja las palabras “Convivencia”, “Derecho” y “Libertad” sobre los españoles, cabría preguntarse si es posible pensar estos cuarenta años de democracia sin acabar concluyendo que la derrota sin paliativos que sentimos en nuestras carnes tiene la forma despiadada de una victoria sin precedentes. La historia reciente de España está plagada de argumentarios que se encaminan en esa dirección. No por nada, la entrada definitiva de nuestro país en la modernidad conlleva un vaciado de toda sustancialidad en nombre de una sola substancia vacía: el éxito.

Tal vez por ello, todas las palabras que asociamos con estos cuarenta últimos años contengan un pesado halo de amargura. Siendo tan nuevas para nosotros, la estabilidad, la concordia, la prosperidad, enseñan cotidianamente su contracara, como advirtiendo al españolito medio del alto precio a pagar, una deuda contraída sin saber muy bien cómo, como una hipoteca a treinta años con un banco rescatado con dinero público.

Pero lo cierto es que estos cuarenta últimos años se ajustan al viejo proverbio chino: “Nada triunfa como el éxito”. La España de hoy adquiere tintes de la España definitiva en los albores del nuevo milenio, justo en ese momento en el que la confirmación de nuestra europeidad es traducida a la forma moneda, el Euro, un lenguaje que nos permite participar, ¡por fin!, en el gran diálogo del mundo.

Es un hecho cierto que la historia solo existe en el presente. Desde aquí opera, toma forma, determina, abre puertas y, las más de las veces, las cierra a cal y canto. Hoy asistimos al intento de cierre de la última apertura que nos dio la posibilidad de cuestionar el pasado reciente y, con ello, nuestro propio presente. Poco importa que lo que el Rey dice en el Congreso sea cierto o falso. Lo único importante es si, mirando a nuestro alrededor, podemos creerlo ya, si vale la pena. Es probable que esos “¡Viva España!” y “¡Viva el Rey!” se tornen entonces los gritos estertores de un final que no acaba de llegar, el último aliento de un muerto que se niega a morir.

Morir de éxito es condenarnos a la descomposición. Una agonía que comienza por el envilecimiento moral y que continúa instalando la realidad en el tedio opresivo del presente continuo. Pero para ello es imprescindible que el complejo dispositivo de poder funcione a la perfección, sin líneas de fuga, ofreciendo en todo momento respuestas “útiles” a las preguntas que surgen de la desadecuación entre el Estado del Bienestar y el insaciable ciudadano-cliente. España está lejos de ser perfecta en este sentido, por lo que ha hecho de la necesidad virtud, ensuciando la agenda pública con un conglomerado discursivo mezcla de la intemporal pregunta por el Ser (“¿qué es España?”) y las bajezas de la cotidianeidad política.

Estos cuarenta años de paz ya ni siquiera tienen la potencia de evocar a aquella guerra inacabada. Su desdibujamiento semántico es lo único que puede ofrecernos un rey que carece de mito fundante, que no cuenta con el miedo existencial que hizo posible que su padre nos salvara de nosotros mismos. La historia de España, si es que nos queda una por escribir, debe contar ese mágico momento en el que dejamos de confiar en los grandes hombres que hacen la Historia y pasamos a mirar con confianza a esa gente pequeña que tenemos al lado.

La paz ha terminado.              

40 años de paz

Las desventuras del Popular y el retorno de lo reprimido

Con la quiebra técnica del Banco Popular, y su posterior adquisición por el Santander, la crisis del sistema financiero español enseña de nuevo la patita. ¿Y la europea? Pues también. La transferencia de la supervisión bancaria del Banco de España al Banco Central Europeo (BCE) –léase transferencia de soberanía– desmiente el endémico y atávico desastre español, resituando el problema en una dimensión más amplia que nos devuelve a una España, la de hoy y la de ayer, perfectamente integrada en el sistema europeo de división nacional del trabajo.

El hecho apunta al corazón del asunto. Por eso duele tanto que haya pasado sin pena ni gloria por delante de todos, sin alterar la cotidianeidad política de la corrupción y el autorreferencial brindis al sol de la política institucional. El silencio se impone, aunque nos silben los oídos con la comparecencia del Supervisor Único del BCE en el Congreso. Las desventuras del Popular dicen tanto de nuestro presente que bien haríamos en concederle una atención a la altura, no sea que, ensimismados en la polisemia de la palabra “España”, el país real se siga ahogando en un lodazal de normalidad.

El Banco Santander se ha hecho, de la noche a la mañana, con el quinto banco por el valor de sus activos. Esto lo convierte –todavía más– en un monstruo ‘demasiado grande para dejarlo caer’, intensificando dulcemente el proceso de concentración financiera en unas pocas y privadas manos (las cinco principales entidades del país han pasado de poseer el 31,4% del mercado en 1997 al 61,8% en 2016).

Los costes para el Santander van a ser irrisorios comparados con los beneficios de semejante operación.

A la concentración hay que sumar la práctica desaparición de la banca pública, a pesar de la entrada masiva de recursos de todos en el sector financiero desde el comienzo de la crisis. Las cajas de ahorro han sido las grandes paganas de la estafa financiera, asumiendo el desprestigio de estos años –más por públicas que por bancas– y sirviendo de coartada para la reestructuración del sector, un auténtico expolio que amplía la sobredeterminación económica de la democracia.

Los costes para el Santander van a ser irrisorios comparados con los beneficios de semejante operación. Para empezar, su acrecentado carácter sistémico lo protege de futuras perturbaciones (que van a venir), aun a pesar de la asunción de la gigante deuda procedente del ladrillo que acumula el Popular, constituyéndolo como un ineludible filtro de la toma de decisiones político-financieras. El Banco de Santander es el auténtico Banco de España.

¿Hay una alternativa? La verdad, parece difusa. Esta pasaría por la recuperación del control del sistema financiero por parte de los poderes públicos. Pero, ¿no se hace eso ya? Sí y no. Los límites entre lo público y lo privado han perdido solidez con el paradigma de la gobernanza neoliberal. Todo funciona –en un ambiente ideológico que clama transparencia– con una opacidad cercana al negro. Lo hemos visto con la rápida oferta del Santander por el Popular. Es evidente que Botín contaba con información privilegiada, lo que le permitió “acordar” la fórmula más beneficiosa.

Si los límites se han desdibujado, la cotidianeidad política de estos días contribuye al baile de máscaras. Mientras se discute la plurinacionalidad del país, los movimientos financieros atraviesan las fronteras sin control. Esta es justamente la función del BCE, es decir, la garantía del descontrol que posibilita la enajenación de la democracia a manos de instancias inelegibles.

Hoy se hace urgente devolver la mirada a Europa, asumiendo que responder a la pregunta de qué Europa queremos pasa por atender a las crisis locales de cada uno de los Estados Miembro. Cada una de ellas es una oportunidad para transformar la soga en el cuello del ahorcado que ha devenido la Unión. Y la próxima estación se llama “Alemania”: el centro del Centro.

Las desventuras del Popular y el retorno de lo reprimido