Cataluña, la Democracia y el Estado de Derecho

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Hay algunos momentos en la historia en los que la legalidad y la legitimidad, conceptos indivisibles en periodos de estabilidad, emprenden caminos separados, incluso contradictorios, a veces hasta radicalmente excluyentes. Los últimos acontecimientos en Cataluña muestran una fractura de tal calado que hace imposible dilucidar si nos encontramos ante un asunto de naturaleza política o se trata de un tema estrictamente judicial. Pero esta indecidible situación no responde a la complejidad o la importancia de lo que está en juego, sino a que es el propio conflicto catalán el que ha sido planteado, exitosamente, por cierto, en términos de ruptura democrática con una “legalidad bastarda”.

En una situación como la actual, en la que la democracia ejerce de arma arrojadiza contra un marco legal fosilizado, podemos afirmar sin reparos que España es un proyecto agotado, sin más futuro que una descomposición agonística cuyo final se hace cada día más visible. La llegada de Artur Mas a los juzgados, en volandas de un baño de masas, puede resultar más o menos pintoresca, más o menos propia de otras latitudes, pero nos obliga a una reflexión que intente ir más allá de la lógica clásica, integrada en el marco constitucional, nacionalismo versus centralismo.

A estas alturas poco importa ya que todo haya adquirido un tono caricaturesco sin gracia. No es importante ahora que los actuales abanderados de la democracia radical sean los mismos que tuvieron que llegar en helicóptero al Parlament ante el temor de un linchamiento popular hace solo unos años. Tampoco es importante que los defensores de la ley sean los mismos que, semana tras semana, aparecen en los medios de comunicación atentando contra ella. La batalla está servida en estos términos, y se trata de la principal amenaza al statu quo imperante, una vez neutralizada (por ahora) la que representó Podemos.

En un momento tan convulso como el actual, el Estado de Derecho se convierte en una estructura rígida que no puede contener la potencia democrática. Las costuras del marco constitucional saltan por los aires al adivinarse el final de la correlación de fuerzas existentes en el momento que vio la luz. No sin tensiones, la Constitución de 1978 se ha solapado con los márgenes de lo posible durante este periodo, pero, a día de hoy, su fuerza integradora se diluye ante el empuje de las únicas fuerzas con capacidad real para echarla abajo: las mismas que la construyeron. No es extraño, en este sentido, que las dos fuerzas que encabezan las posiciones en conflicto sean partidos de gobierno.

Si el funcionamiento como sinónimos de “legalidad” (Estado de Derecho) y “legitimidad” (Democracia) puede resultar extremadamente perverso en momentos de estabilidad política, lo mismo sucede con su planteamiento antagónico en momentos de crisis. Lo es porque el espacio de lo político queda reducido, normalmente, a una lógica de movilización total, por parte de alguien con recursos para ello, contra un enemigo (lo español) que produce automáticamente un amigo (lo catalán). Lo pernicioso no es el carácter falaz de ambas identidades (pues todas, de alguna manera, lo son), sino su capacidad para imposibilitar cualquiera de las demás fórmulas de construcción de lo político. Resulta bochornoso ver a Convergencia al frente de un movimiento transversal que exige democracia frente a un Estado que es obra, en parte, de ellos mismos.

La confrontación entre los supuestos defensores del Estado de Derecho y los presuntos adalides de la Democracia forma parte del momento de ruptura que estamos viviendo. Las fuerzas de orden catalanas han entendido que el desorden actual tiene fecha de caducidad, por lo que la falta de articulación entre legalidad y legitimidad nos coloca en la línea de salida para la construcción de una nueva legitimidad, en la antesala de un momento constituyente que dará lugar a una nueva legalidad, a cuyo fin se está conformando una nueva correlación de fuerzas. Es evidente que no hay vuelta atrás, ya que las apelaciones al Estado de Derecho por parte del gobierno no logran esconder la falta de una alternativa real y el agotamiento del marco del 78. Y es igualmente evidente que la excepcionalidad política de nuestros días no puede alargarse ad infinitum. Por ello, es preciso contemplar el cierre que se avecina y echar cuentas de cómo se encuentra la correlación de fuerzas. De ello dependerá dónde se situarán mañana los márgenes de lo posible. 

Cataluña, la Democracia y el Estado de Derecho

¿Y si no somos el 99%? La trampa del nosotros-ellos. Apuntes para Vistalegre II.

CONSEJO CIUDADANO DE PODEMOS

“El liberalismo económico es la ampliación del campo de batalla, su extensión a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad. A nivel económico, Raphaël Tisserand está en el campo de los vencedores; a nivel sexual, en el de los vencidos. Algunos ganan en ambos tableros; otros pierden en los dos. Las empresas se pelean por algunos jóvenes diplomados; las mujeres se pelean por algunos jóvenes; los hombres se pelean por algunas jóvenes; hay mucha confusión, mucha agitación.”

(Ampliación del campo de batalla, M. Houellebecq)

Con el estallido de la crisis económica, allá por 2008, asistimos al desdibujamiento de las fronteras, simbólicas y materiales, de las categorías sociales que habían servido durante décadas para interpretar/organizar la realidad. Así, el tiempo de la crisis se inauguró como punto final: fin de las clases medias, fin del Estado de Bienestar, fin de la Socialdemocracia, fin del bipartidismo, etc.; y como ruptura con la tendencia histórica: “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, “Nuestros hijos vivirán peor de lo que lo hicieron sus padres”. Esta clausura/cambio de rumbo no implicaba, sin embargo, la emergencia de un nuevo espacio diáfano en el cual el enfrentamiento dialéctico tuviera lugar al margen de todo elemento de intermediación. Nunca hubo un vacío de poder porque el colapso orgánico del sistema nunca se dio. A lo sumo, una crisis de representación abrió las puertas a la disputa del relato hegemónico, dando lugar a nuevas identidades colectivas que tejieron su nexo común gracias al debilitamiento de las identidades imperantes hasta el momento.

La agitación que la crisis produjo en la realidad ha de entenderse en toda su literalidad. La vida cotidiana de amplios sectores de la población sufrió una sacudida que interrumpió el tránsito habitual del trabajo a casa, de la universidad al mercado laboral, del contrato temporal al indefinido, de la ilegalidad a la regulación masiva, de la necesidad de un techo a la hipoteca, etc. El extravío condujo a la multitud hacia las plazas de las ciudades, que fueron inundadas por la polifonía, la policromía y, más tarde, también por la policía.

Los límites de  un movimiento emancipatorio comienzan a hacerse  visibles cuando la pregunta por el ser (¿Quiénes somos?) desplaza todo lo demás, el día que alguien con autoridad emprende el ejercicio de minuciosa definición que terminará con la formulación de un “nosotros” que no se deduce automáticamente de un “ellos”. Cuando “ellos” eran ese 1% que llamamos “la élite”, era fácil deducir que todo el que no era ese 1% formaba parte del 99% restante. En este punto, la política es una estrategia de brazos abiertos y cooperación, de fraternidad, entre las distintas identidades que componen el todo social. Cuando el momento afirmativo trata de dilucidar ese “nosotros”, las costuras saltan por los aires ante el atisbo de cualquier matiz. La presencia de la heterogeneidad se hace insoportable. Como mucho, será posible un acuerdo sobre la base de intereses compartidos, algo como lo que representan los viejos PP y PSOE.

La lógica amigo-enemigo es peligrosa en un doble sentido. Por un lado, puede implicar la eliminación, hacia dentro, de cualquier diferencia. Por otro, es probable que suponga, hacia fuera, la proliferación de enemigos, en forma de escisiones, facciones, traidores, disidentes, etc., difuminándose así la existencia del verdadero enemigo político, el antagonista, este sí necesario.

La potencia de un movimiento emancipatorio tiene como principal escollo la posibilidad permanente de un repliegue identitario. Esta amenaza siempre está presente, ya que la debilidad del nuevo vínculo negativo, que es también la única posibilidad de que pueda llegar a ser mayoritario, requiere de un ejercicio permanente de confrontación hacia fuera, que marque los ritmos de la agenda pública, y de amistad hacia dentro, que cuide el fino nexo de unión entre las irreductibles diferencias.         

Nuestras democracias se han organizado en las últimas décadas a través de la manipulación de identidades irreconciliables. Esas identidades responden a la complejidad de la realidad social en el mundo moderno, pero suponen un obstáculo para cualquier movimiento emancipatorio. La transversalidad no es una opción entre otras, es la única posibilidad de atravesar las fronteras identitarias con el hilo de seda de un nuevo vínculo político mayoritario. Por eso no soporto las categorías errejonista y pablista.

¿Y si no somos el 99%? La trampa del nosotros-ellos. Apuntes para Vistalegre II.

Sobre la supuesta complejidad de nuestro mundo

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El hecho de que vivimos en sociedades complejas es tan evidente para nosotros que parece una pérdida de tiempo detenerse en lo que conlleva asumir, como punto de partida de cualquier reflexión, la existencia de un mundo demasiado difícil para nosotros. Ya sea a la hora de abordar un problema concreto (póngase por caso el de la vivienda en España) o a la de elegir al presidente de los Estados Unidos, conviene tener en cuenta la necesidad de comprender que la distancia más corta entre dos puntos de lo social nunca es una línea recta, sino que implica un laberinto que requiere de la experticia de la persona adecuada.

A nadie se le puede escapar, sin embargo, el marcado carácter antidemocrático de este planteamiento, ya que entrega, en última instancia, las llaves del gobierno de la Polis a “los que están mejor preparados” para hacer frente a los problemas de todos, constituyéndose una suerte de tecnocracia en la que el papel del demos se convierte en un mero ornamento formal que otorga legitimidad.

La lógica de la complejidad del mundo y de nuestros problemas sociales conduce, de este modo, a la sustracción de la democracia por parte de una élite capacitada, siempre supuestamente, que asienta su poder (potestas) sobre la autoridad (auctoritas) del que sabe. Es esta misma lógica la que otorga la capacidad de decisión sobre nuestras vidas a enrevesados economistas que elaboran fórmulas que explican, objetivamente, la necesidad de que las cosas sean como son, y no de otra forma. Es también la misma que queda en evidencia cuando la PAH opone a la maraña de algoritmos inefables del Euribor esa otra lógica del sentido común: “Casas sin gente; gente sin casa”. Algo no cuadra.

No está de más aclarar que esta presunta complejidad del mundo se disuelve como un azucarillo cuando un cualquiera se desordena a sí mismo, sale de su pequeña parcela vital y explora los espacios sacrosantos de los “grandes hombres”. Estos espacios son, salvo honrosas excepciones, terrenos yermos por donde campan a sus anchas los tópicos más simplones, la autorreferencialidad perezosa y las formas más alienantes de producción de conocimiento en cadena. Uno se pregunta, ya que no caben respuestas simples a las preguntas complejas del mundo de hoy, ¿dónde están las adecuadas, en las revistas universitarias, en los medios de comunicación o en internet? Recordemos que el 15-M impugnó en un solo día todo el aparato conceptual de más de dos décadas.    

El dogma liberal clásico supo desde muy pronto que, más que la realidad de un mundo complejo, lo que se estaba dando era un proceso de complejización del mundo, un paulatino cifrado de nuestras vidas que, más que a un impulso de racionalización, respondía a la imposición de una determinada racionalidad. Así, el liberalismo hizo de la necesidad virtud, es decir, de los supuestos límites de la razón para comprehender una realidad que siempre es más grande que ella, decía Isaiah Berlin, una forma de intervención en el medio social por medio de la no-intervención. Llamaron a esta virtud “La mano invisible”.

El neoliberalismo de hoy conoce del carácter falaz del dogma clásico, por lo que ha puesto en marcha un conjunto de intervenciones sobre el medio social que determinan, tal vez más que nunca en décadas, el reparto de papeles en las sociedades modernas. La complejidad requiere de expertos que sepan manejarse en la multiplicidad de tramas horizontales, hechos que dan sentido a la proliferación sin límites de titulaciones universitarias y a la ruptura fulminante del ascensor social, respectivamente.

Es por ello que los ciudadanos se equivocan cuando se expresan, que yerran al elegir, aun utilizando los canales que han sido puestos a su disposición para la participación política, los propios de una comprensión escuálida de la democracia. Lo hemos visto ya en países como Italia, donde los primeros ministros se suceden obviando la participación electoral (Monti, Letta y Renzi), “para evitar males mayores”. Lo vemos en todas partes en las formas de un discurso que desprecia la capacidad de la gente para asumir las riendas de sus propias vidas. Sobre ese desprecio cava su tumba el sistema político actual.

Todo esto forma parte de un desesperado intento de desmovilización política y de enfriamiento de la conflictividad social que surgiera con el estallido de la crisis en 2008. El clima generado por las renacidas esperanzas de cambio ha cedido terreno ante estas estrategias de estabilización y control, dejando vía libre a la ultraderecha para que marche plácidamente sobre Washington, Londres y, veremos, París. Y es que si tú amordazas a un tipo, impidiéndole hablar, y le atas las manos a la espalda, para evitar que te ataque como un caballero, cogerá carrerilla, como una bestia, y te envestirá con la cabeza, contra toda lógica. Es de sentido común.

Sobre la supuesta complejidad de nuestro mundo

¿Es esto la verdad?

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Fíjense en el tipo de la foto.

Con su cara abohetada de bomba de relojería, parece a punto de explotar, al borde de hacer saltar por los aires la sala o la pantalla de móvil en que ha tornado el mundo entero. No es, a la vista está, el rostro de un presidente de la primera democracia del mundo. Las facciones marcadas por la tensión permanente no pueden ofrecer la tranquilidad, el sosiego, que la gente necesita para caminar con pies de barro por el filo de la navaja de la precariedad de la existencia en el siglo XXI. Es, más bien, un bidón de gasolina que se insinúa, que se contonea, que enseña la patita ante el fuego fatuo de un mundo en descomposición.

Hace unos años nadie habría creído, viendo esta foto, que se trata del presidente electo de los EEUU. Los más aventurados, pertenecientes a ese sector de la izquierda que augura cada diez años el fin autoproducido del sistema, habrían visto en sus ojos la verdadera cara del capitalismo, el rostro de la bestia. Nada de la mirada serena, segura de sí misma, de personajes que, como Obama, dejan a su paso un regustillo de buen rollo, una sonrisa amable y un gigantesco cúmulo de buenos propósitos incumplidos (por falta de tiempo, una oposición irresponsable y un panorama internacional inestable, por supuesto), mientras aumentan sin parangón los niveles de desigualdad y ven crecer las guerras a su alrededor como setas en otoño.

Su cara expresa, al fin y al cabo, una verdad. E invita a concluir, de una vez por todas, que esta es evidente, desnuda. Nada más lejos de la realidad si aceptamos que la verdad es siempre un discurso sobre la verdad.

Pero la aparente desnudez actual del sistema, representada por el rostro nauseabundo de Donald Trump, pero también por el aumento de la crueldad y la violencia en todo el mundo, tiene una doble vertiente que es preciso advertir. Por un lado, supone la demolición del sistema de representaciones en el que hemos vivido durante las últimas décadas, de las imágenes del derecho, la división de poderes, la prensa libre y los partidos políticos, el respeto a la diferencia y la globalización como libre circulación de mercancías y personas, entre otras; todas esas mentiras que denunciamos sin descanso desde hace tiempo.

Por otro lado, asistimos al surgimiento de un nuevo poder sin mediaciones aparentes, conectado, directamente, a cada uno de nosotros (a través de las redes sociales, por ejemplo), capaz de saltarse todos los límites anteriormente impuestos en pos de una relación directa, casi una identidad, entre el representante y el representado. Este nuevo poder se asienta sobre el descrédito profundo de todas las instancias de intermediación entre usted, lector, que sabe ya que el mundo en el que ha crecido es una inmensa mentira, y el lugar (cada vez más remoto) donde se toman las decisiones que le joden la vida.

Y, sin embargo, estas dos vertientes pertenecen a sendos planteamientos de la teoría política. Son formulaciones perfectamente ordenadas que presuponen que una cosa acaba y otra, automáticamente, empieza. En realidad, ninguna de las dos puede pensarse por separado. El nuevo poder que amaga Trump es una práctica generalizada de los gobiernos democráticos actuales. Sus desaires a los medios de comunicación no distan mucho del desprecio de los gobernantes anteriores a los mecanismos de rendición de cuentas y responsabilidad.

Cínicamente, los líderes de opinión intentan convencernos de la amenaza que representa Trump para la democracia. Pero sus cantos desesperados suenan más a un intento descarado de reconstruir la vieja imagen de la democracia representativa liberal que a una voz convincente, y arrepentida, que advierte del riesgo. Para el retorno de lo malo conocido es necesario el triunfo provisional de lo peor por conocer, piensan, aunque sea difícil imaginar que el momento actual es un mero paréntesis en la historia. Recordemos que, para las élites, siempre fue mucho más peligrosa la victoria de un tipo como Sanders que el éxito de Trump.

En síntesis, la presidencia de Donald Trump le otorga al viejo poder una oportunidad, quizá la única posible, para rearmarse. Cuando su mandato acabe, dure finalmente lo que dure, las reformas emprendidas por su administración serán ya irreversibles, ya que seguirán la misma tendencia, quizá acelerada y radicalizada, que el proyecto neoliberal puso en marcha hace ya varias décadas, pues ambos, aun en su supuesto antagonismo, forman parte de la misma cosa.

La verdad que expresa Trump arroja un velo aún más tupido sobre la verdad de un sistema al borde del colapso, a cuya situación aporética ofrece una salida, eso sí, peligrosa. Quizá, la única posible.      

   

¿Es esto la verdad?

Terrorismo sin banda armada

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Será porque el año ha comenzado exactamente igual que el que termina, pero cada vez encuentro una mayor arbitrariedad a eso de ponerle un nombre al tiempo. El hecho de que 2017 empiece el 1 de enero no debería distraernos de la certeza de que lo que nos separa de ayer (31 de diciembre) es una ilusión que sirve, a lo sumo, para poner los contadores a cero.  Por mucho que dejemos de fumar, nos apuntemos al gimnasio o aprendamos inglés, aun siendo buenos propósitos, qué duda cabe, la unidad de nuestra vida nos alcanzará algún día en forma de cáncer de garganta, barriga cervecera o un ridículo espantoso en algún país del norte…

2016 termina con un montón de mujeres asesinadas a manos de otro montón de hombres. Poco importa el número, sus nombres propios y el significado profundo de eso que se oculta tras el constructo “violencia de género”. Como mucho, elaboraremos una tendencia que nos permita afirmar que: “el año 2017 se cierra con una bajada en la tasa de víctimas de violencia de género”. Y será todo un éxito si situamos los niveles de asesinadas por debajo de la media de la última década.

Pero 2017 ha comenzado con la noticia de dos nuevos crímenes, dos mujeres brutalmente asesinadas cuando aún no habíamos terminado de hacer la digestión de las uvas. Los medios de comunicación, que tratan de construir desde hace tiempo el perfil de la víctima y del victimario, nos hablan normalmente de una relación sentimental, enfatizando la nacionalidad y el contexto socioeconómico de ambos. Lo que más les inquieta es no encontrar las respuestas rápidas que se precipitan detrás de palabras como “extrajera”, “suburbio” o, incluso, “infidelidad”. Lo que más les asusta, aunque nunca lo reconocerán, es que esos asesinatos los produzca la normalidad.

Y tal vez sea por ello, por lo bien insertados que se hallan estos crímenes en nuestra cotidianidad, que ya no produzcan ni un ligero sobresalto. No hablo ya de medidas efectivas, decisiones “en caliente” o aumentos en la partida presupuestaria. Incluso la sobreactuación de las autoridades, propia de estos sucesos, ha dejado paso a un ambiente social de culpable autoaceptación que se disipa en solo unos días.

Quizá se deba a que estos asesinatos machistas se inscriban en la lógica de ese nuevo terrorismo global que no requiere de la existencia de una banda armada, en sentido clásico. Como en el caso de DAESH o de Al-Qaeda, la inexistencia de células articuladas no impide la acción de “lobos solitarios” que encuentran en el fundamentalismo, más que armas y dinero, un sustento ideológico que ofrece una razón de ser, o sea, una respuesta a las preguntas: ¿Por qué morir?; ¿por qué matar?

El éxito del terrorismo machista deviene de este carácter fantasmal, difuso, descentralizo hasta el extremo de su desaparición en cada uno de nosotros. Como en el capitalismo sin capitalistas de la URSS, vivimos en sociedades donde reina el machismo y en las que no es fácil encontrar a machistas de carne y hueso. El machismo está ahí, formando parte de la normalidad, mientras el machista aparece, asesina, se mata y desaparece de nuevo. Todos condenamos al machista. Es un asesino al que nadie llevará flores a su entierro. En cambio, actuar contra al machismo no es fácil, ya que supone abrir una herida en nosotros mismos y una crítica radical de la estructura de lo social que haría tambalearse los cimientos de esa misma normalidad por la que el machismo campa a sus anchas.

Por ser un  niño de los noventa, recuerdo los primeros asesinatos machistas que aparecieron, como tales, en las pantallas de televisión. Recuerdo también a mi padre, uno más en este delito de anonimato, respondiendo entre sonrisas: “algo habrá hecho”; “no hay una buena”; “si yo algún día…”. Nosotros seguíamos comiendo. 

Hoy todo es más sutil.

Terrorismo sin banda armada

Cuestión de liderazgo

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Desde hace unos días estamos asistiendo, desconcertados, al enfrentamiento abierto entre algunas de las caras más visibles de Podemos. Finalmente, estos parecen haber aceptados los términos televisivos errejonistas vs pablistas, los términos de la derrota, y se han lanzado a una búsqueda febril de apoyos, adhesiones y acuerdos que les garanticen poner el codo con más legitimidad, o sea, fuerza, en la próxima asamblea de Vistalegre. Al desconcierto por las formas rancias y el sectarismo, tenemos que sumar la incomparecencia de la honestidad para reconocer a las claras qué carajo se está discutiendo. Y parece que se discute sobre las personas que deben dirigir el proyecto, ya que estas, oh, sorpresa, importan.

Lejos quedan esos días en los que la informalidad y la impersonalidad convivían con el hiperliderazgo carismático y de urgencias de Pablo Iglesias. Este funcionaba como una especie de elemento icónico que identificaba a todos, ya fuera en las papeletas electorales o en los platós de televisión. Era el momento negativo de Podemos, el del NO, que actuaba como interlocutor inválido, extranjero, ilógico, indeterminado, saltando por encima de la razón comunicativa tradicional e imponiendo un discurso otro que tenía más que ver con las formas de la representación que con el fondo de los asuntos (pues sabíamos ya que este estaba vacío y que de aquellas iba a depender todo).

Que hoy aparezcamos inmersos en un conflicto de identidades fuertes no deja de ser una broma macabra para una organización que nació de la fragmentación más absoluta, de la dispersión que permite empezar de cero. Sabemos que la ley funda el delito, y no al revés, por lo que entendemos, también, que es el concepto errejonista (o pablista) el que establece los parámetros en los que hay que reconocerse para ser o no ser. Y es en el seno de este ensimismamiento en el que la política adquiere la condición del cainismo, ese callejón sin salida, tan propio de un determinado ser del ser español, que reduce la fraternidad de los diferentes, pura potencialidad política, a la quimera endogámica de mí conmigo.

Estamos hablando de liderazgo, parece claro. Pero deberíamos hablar en otros términos. Para empezar, con humildad, como cuando esto acababa de empezar y la memoria de las derrotas y las frustraciones estaba tan presente. En esas asambleas siempre pedíamos perdón antes de empezar a hablar, pues lo último que había allí era alguien seguro de sí mismo. Sobre esa inseguridad se articuló una nueva identidad colectiva, matriz originaria de Podemos, el referente político más importante de la izquierda occidental.

Los que nos reconocemos en Podemos sabemos de la fortaleza de esa identidad débil, elástica, impura. No se trata de un juego retórico, ni es un elemento accesorio, más o menos naïf. Es, sobre todo, una estrategia política nacida en el anonimato de las plazas, en el encuentro atropellado y hospitalario con el otro. Y es la más efectiva para aunar todas las razones que tratan de confrontar con la gran Razón dominante.

Hoy por hoy, gran parte del discurso que emergiera del 15-M ha sido asumido, a su manera, por la opinión pública de los medios de comunicación y, en buena medida, por las instituciones representativas. Forman parte, podríamos decir, del sentido común de nuestro tiempo. Si esto es así, habría que buscar su radicalidad, su “verdad”, en un momento previo a cualquier decálogo, principio o programa, para tratar de aprender que discutir implica estar juntos, y que es este estar juntos el principal arma contra el totalitarismo del “cada uno a lo suyo”.

Cuestión de liderazgo

Navidad en Berlín

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La danse macabre des Saints Innocents 

Siempre sucede igual. Un tipo coge un camión (o un fusil, o un machete, o un cinturón de explosivos) y se lanza contra una multitud que, ante la sorpresa, no encuentra forma de huir de la masacre. Todo salta por los aires. Los cuerpos, la realidad. El tiempo se detiene.

Es como si esa imagen terrible hubiera sido perfectamente recortada, como un fragmento de una composición de la que forma parte natural, y colocada torpemente en el centro de una bella postal navideña, rompiendo su armonía. De repente, la ardiente Siria y la gélida Alemania, tan distantes, quedan conectadas por un hilo invisible que sutura todos los presentes de este tiempo nuestro sin futuro.

Lo normal no es lo adecuado, sino lo que se repite. Pero lo que se repite debe ser normalizado, es decir, integrado en el reparto simbólico de la realidad cotidiana. Hay veces que esta integración se produce desde fuera, y a menudo esa exterioridad condiciona todo lo demás. Es el afuera perverso que nos constituye.

Pero si ya no hay afuera, si la última frontera del mundo fue derribada por un imparable flujo de dinero, ¿qué pueden hacer las personas para continuar con sus vidas cotidianas sin sobresaltos? Durante años, la otra cara de nuestra existencia confortable estaba representada por esas imágenes de niños hambrientos que llegaban a nuestra televisión a través de las campañas publicitarias de Save the Children. Los asesinatos, la violencia, en general, aunque presente, formaban parte de la sociedad, como su contracara, siempre dentro de unos márgenes aceptables. Eran, a lo sumo, hechos inconexos realizados por perturbados o psicópatas de todo tipo, que mataban con la única intención de hacer daño. Eran, en definitiva, anomalías dentro de un sistema de producción de normalidad.

Hoy, en el mundo de la movilización global, la producción material de normalidad ha sido sustituida por el flujo constante de anomalías. Y a estas anomalías hemos decidido (alguien ha decidido por nosotros) darles el nombre de capitales, información y/o terrorismo. El terrorismo, como el capital o la información, no tiene hogar, opera allí donde encuentra rentabilidad; no se posee, sino que circula imponiendo una lógica de devastación donde todo lo que era sólido (de Alepo al Estado de Derecho) se desvanece en el aire.

Los europeos, conscientes de lo insoportable de morir por nada, corremos el riesgo de aceptar morir por algo. Y ese algo, claro está, tiene  una importancia extrema ante el nihilismo de la anomalía generalizada. La televisión lo llamará enseguida terrorismo, y el hilo invisible que sutura todos los presentes de este tiempo nuestro sin futuro lo conectará con Siria, Irak o Afganistán, centros de producción mundial de asesinos (sic).          

Siempre sucede igual. Una gran ola de solidaridad desbordará los timelines de las redes sociales. Hablarán de dolor, de pena y de miedo, y condenarán el terrorismo. Antes de preguntarse cómo es posible, ya tendrán a su disposición todas las respuestas de Google. En unos días, volverán a la normalidad confortable, inconscientes de que esta es ya una anomalía siempre al acecho. 

Navidad en Berlín