Los chicos de Lud y el Día Internacional de los Trabajadores

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La madrugada del pasado 2 de mayo, en pleno frenesí por la Feria de Abril, ardían en Sevilla nueve coches de la empresa de alquiler de vehículos con conductor Cabify. Al parecer, un grupo de hombres habría aprovechado el turno de descanso de los conductores para colarse en el recinto del hotel donde estaban aparcados los coches e iniciar el fuego que terminaría con un tercio de la flota de dicha empresa. La noticia corrió como la pólvora por la ciudad hispalense, cerniéndose sobre el gremio de los taxistas la sombra de la sospecha.

La hipótesis que apunta a una acción premeditada confiere al suceso una dimensión significativamente distinta de si se hubiese tratado de un mero acto vandálico. Y es que si existe una motivación, esto quiere decir que las cosas tienen un sentido: los taxistas han quemado estos vehículos porque ponen en peligro su forma de vida. Así, tras meses de soportar la competencia desleal, comenzaron una campaña de presión, intimidación y, en ocasiones, acoso contra los trabajadores de la multinacional, dotando de absoluta corporeidad al cliché del momento: perdedores vs ganadores de la globalización.

En un tiempo de profundas transformaciones, los paralelismos con épocas pasadas conceden una tregua de inteligibilidad. Los taxistas sevillanos evocan a las hordas luditas que destrozaban las máquinas en los albores de la Revolución Industrial. El motín, el asalto o el disturbio popular dibujan el repertorio de la reacción contra el cambio, a todas luces incontenible. La propia radicalidad de las acciones acompaña un cierto aroma de fatalismo, la certeza de que el enemigo, más que la máquina, es el propio tiempo, su nueva temporeidad. Solo se trata de morir matando.

Los perdedores de la globalización son los taxistas, antiguos artesanos de la conducción que han ido desaprendiendo el oficio a base de subcontratar sus licencias a jornaleros sin taxi, extranjeros que nutren las filas del ejército de reserva del capitalismo global, que malvenden su fuerza de trabajo por aprender un oficio de prestigio y por llevarse a la boca un chusco de pan. Los ganadores, jóvenes recién licenciados en la universidad pública, bilingües que pueden trabajar “de lo que sea”, inconscientes de que “lo que sea” te convierte en “cualquier cosa”. Ambos son, en otras palabras, “los de abajo” y “los de más abajo”, enfrentados en una lucha barojiana por la vida.

El día antes, 1 de mayo, los sindicatos habían convocado movilizaciones para celebrar/reivindicar el Día Internacional de los Trabajadores. No cuesta mucho imaginar a los taxistas sevillanos planeando, ajenos a un día que, como trabajadores, debiera ser suyo, la destrucción de los coches de la competencia hostil. Ciertamente, no cuesta ver a los jóvenes conductores de Cabify, al margen del festivo, recogiendo los coches en cualquier nave de cualquier polígono de Madrid e iniciando, de noche, la ruta a Sevilla. Ambos, antagonistas de nuestro tiempo, quedan unidos por el sistema de exclusiones que define qué es hoy en día un trabajador, cuáles son sus mecanismos de representación, quién libra y quién subtrabaja, quién se manifiesta/celebra y quién conspira o agacha la cabeza.

Los excluidos de la celebración del 1 de mayo, Día Internacional de los Trabajadores, malviven en los márgenes, habitan la diseminación que, al menos por el momento, caracteriza al marco laboral de la economía del conocimiento. Han construido entre los dos, a base de crecer en número, un submundo que amenaza con ocupar el mundo entero. Y han emprendido una guerra a muerte, los unos por mantener en pie un presente en ruinas, los otros por ser capaces de imaginar un horizonte habitable.

Seguiremos informando.

Los chicos de Lud y el Día Internacional de los Trabajadores

Moción de censura

La parálisis endémica que define el comportamiento de los actores políticos tradicionales de nuestro país ha chocado, en los últimos años, contra el torrente hiperactivo que damos en llamar “nueva política”. La lógica tradicional de funcionamiento –una realidad partida en dos (PSOE-PP) en torno a grandes temas que estructuran la realidad (aborto, derechos civiles, presencia del Estado en la economía, etc.)- se superpone en este momento con otra más reciente que tiene que ver con el desplazamiento definitivo del eje que partía esa realidad en dos. La primera es un terreno conocido y, por ello, cómodo para los viejos partidos, pues es ahí donde tienen un público fiel (cada vez menos) y un discurso asentado a lo largo de la etapa democrática (dialéctica hegeliana al uso); la segunda es un medio hostil para ellos, incapaces de caminar con destreza por una senda que no está marcada (dialéctica pura).

La polémica suscitada por la intención de Podemos de promover una moción de censura contra el presidente del Gobierno pone en evidencia la falta de coherencia entre la gesticulación contra la corrupción y la inacción efectiva frente a ella. La oposición asiste indignada ante las noticias del lodazal, pero se mantiene, incólume, en su sitio de cooperadores necesarios de la mafia que nos gobierna. Todos saben que la corrupción es mala (primera lógica), pero de ahí a mover ficha, salirse de los cauces en los que la política queda reducida a mera policía, hay un trecho que les hace sentirse amenazados (segunda lógica). El paso al segundo estadio queda interrumpido por un movimiento reactivo en contra de cualquier iniciativa que vaya más allá de un reproche parlamentario o televisivo. Es en este sentido en el que PSOE y C´s son fuerzas reaccionarias.

El artífice del movimiento originario es Podemos. Como un demiurgo, la formación morada interrumpe la dinámica policíaca y activa, contra su propio impulso, los resortes reactivos que procuran devolver cada cosa a su sitio. Así, la moción de censura contra un Presidente con indicios serios de connivencia con la corrupción (cuando menos) es convertida en “un acto circense”, “una locura más”, “puro teatro”, etc., sin una alternativa que conceda credibilidad a la renuncia a contemplar un mecanismo democrático perfectamente legítimo. Esta mañana, Pepa Bueno decía en la SER que Podemos se aísla solo con este tipo de comportamientos y que, en cierta forma, es lo que buscan. La periodista de PRISA olvida que, antes del aislamiento, Podemos ha producido una interrupción en la nauseabunda cotidianeidad política, provocando el desnortamiento de los demás grupos de la oposición y condenándoles a ir, de nuevo, a remolque.

La duda que nos surge ahora proviene de la previsible derrota en la moción de censura. Los medios se han apresurado a desprestigiarla, haciéndonos ver que Rajoy podría salir refortalecido. Pero, si se piensa bien, se llega a la conclusión de que poco se puede perder. A lo sumo, tendremos una sesión monográfica sobre la corrupción en el Congreso, un examen público más para un Presidente que no destaca por buen estudiante. Y una oportunidad más para que el cómico portavoz de un PSOE interino, Antonio Hernando, nos diga que “esto no es serio”. Me atrevo a apostar por la victoria en las primarias socialistas del candidato que mejor sepa explicar que esto de la moción de censura no es una pantomima.

Así pues, la iniciativa de Podemos vuelve a ser una jugada maestra que puede, sin embargo, volverse en su contra. Como otras veces, esto sucederá, necesariamente, cuando el desconcierto de los primeros momentos amaine y la “normalidad” sea restaurada. Esto sucederá, que no se nos olvide, como resultado de una disparidad aplastante en los recursos mediáticos y comunicativos, no por errores o aciertos de libro, ni porque al final siempre pase lo que tiene que pasar. Se hace imprescindible, como siempre, aprovechar la brecha abierta por estas hermosas pérdidas del paso.   

          

Moción de censura

Un elefante blanco llamado Emmanuel Macron

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Puede que el mejor indicador del desmoronamiento del sistema político francés  en las últimas elecciones presidenciales sea la euforia nerviosa de los grandes medios de comunicación de toda Europa ante el advenimiento de Emmanuel Macron, un tercer hombre llamado a sostener el maltrecho edificio de la Vª República. El apretado resultado de la primera vuelta –se piensa- pronto será olvidado, relegado por la urgencia de una segunda parte en la que está en juego nada menos que la derrota de la punta de lanza del renacido fascismo europeo. La dicotomía es automática en un sistema electoral de dos vueltas: o con nosotros o contra nosotros, pero esta vez el ballotage no augura un férreo cierre de filas republicano ante la extrema derecha (como aquel de 2002 contra Jean Marie Le Pen), sino un parche más que permitirá, a lo sumo, dar una patada adelante a la profunda crisis francesa, o sea, a la europea.

El auge del Frente Nacional no es un fenómeno nuevo. El sistema político francés convive desde hace décadas sin demasiados problemas con un pujante partido de extrema derecha, cuyo crecimiento se asienta más en el personalismo y el discurso antiestablishment (coherente con la deriva presidencialista o cesarista o bonapartista del semipresidencialismo francés) que sobre el racismo o la xenofobia, en cualquier caso presentes. Recordemos que el relevo de Jean Marie por su hija se produjo tras el batacazo del Frente Nacional en las presidenciales que llevaron a Sarkozy al Elíseo, esto es, tras la derrota de un populista de derechas a manos de otro populista de derechas.

Entonces, ¿qué hay de nuevo? El hecho de que Emmanuel Macron haya aparecido presuntamente de la nada engarza de manera lógica, sin embargo, con la tendencia histórica de la democracia occidental: una cierta adecuación entre la mezcla inverosímil de gobiernos por Decreto y legitimidad popular. En este contexto, no es de extrañar que los grandes triunfadores de la noche electoral -el propio Macron, Le Pen y Mélenchon- carezcan de un aparato de partido realmente sólido, justo al contrario que los dos grandes derrotados, Fillon y Hamon. La lectura ha de hacerse a partir de esta nueva fractura que se dibuja entre los partidos sistémicos y los movimientos (ni siquiera podemos hablar de partidos en sentido tradicional) que no arrastran el lastre institucional, lo que otorga una amplia minoría absoluta a los republicanos. Macron será a partir de ahora cooptado por las élites (sabemos que ya pertenecía a ellas), pero la evidencia de la crisis de régimen no la tapa ya ni una abrumadora victoria contra el fascismo.

Como sugeríamos antes, la novedad absoluta de estas elecciones la marca el contexto, radicalmente nuevo. El desastre del Partido Socialista anuncia la renuncia del sistema político francés a la tradicional alternancia. Macron representa, en cierta forma, una comunidad de intereses, un mal menor ante una situación límite. Pero el precio a pagar tal vez haya sido demasiado alto. Sin alternancia posible, el sistema de dos vueltas impide, de momento, la quiebra absoluta, pero deja en manos de la extrema derecha el papel de adversario político, a la espera del presumible agotamiento de un Macron que, más allá del velo mediático, lleva en su ADN un proyecto político que huele a más de lo mismo.

En torno a Macron se ha generado un precario consenso entre las élites francesas, pero sus buenos resultados electorales provienen del cínico distanciamiento de esas mismas élites que el exministro de Hollande ha llevado a cabo. Esta tensión -entre su pretendida novedad y su carácter de clavo ardiendo del poder-, hace prever muchas dificultades para dotar de estabilidad al sistema político francés. Es probable que la propia dinámica política francesa lo acabe engullendo en las próximas elecciones legislativas, para las que se requiere de una estructura de partido con implantación en todo el territorio. Aunque también sería posible una alianza con el desnortado Partido Socialista, lo que conllevaría una vuelta vergonzosa a los orígenes. Sobra decir que ninguna de las dos posibilidades augura mucho futuro.

La pregunta que se nos presenta ahora -a los partidarios de una opción realmente alternativa al sistema político tradicional y frontalmente opuesto al Frente nacional- es: ¿cómo posicionarnos? Los medios de comunicación han interpretado la postura reflexiva de Mélenchon como tibieza en la condena de la extrema derecha (huelga decir que en España los medios ya han situado a Podemos en el lado del Frente Nacional). El estás con nosotros o estás contra nosotros es un mecanismo discursivo que impide una salida “limpia”. Es preciso posicionarse con claridad. Pero es factible hacerlo, dados los valiosos resultados de La Francia Insumisa, de una manera otra: se hace indispensable construir ahora un tercer espacio de confrontación, ni con unos ni con otros, pues ambos son un desastre para la mayoría social. En ese nuevo espacio de confrontación, quizá agónico, se abre la posibilidad de una nueva identidad política para el futuro próximo de Francia, o sea, de toda Europa. 

Un elefante blanco llamado Emmanuel Macron

De la impunidad al exhibicionismo. Del exhibicionismo a la impunidad

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Las últimas detenciones efectuadas en el marco de la “Operación Lezo” han llevado a prisión al anterior presidente de la Comunidad de Madrid, el aguirrista Ignacio González. Al sucesor de Esperanza se le acusa de encabezar una red criminal para saquear la empresa pública más grande de la Comunidad, el Canal de Isabel II, de cuyas arcas habrían salido (utilizaremos el condicional como recurso narrativo, nada de presunción de inocencia) cascadas de dinero destinadas a los más diversos quehaceres delictivos, entre muchos otros: la compra de empresas de aguas en América Latina con sobrecostes que iban a parar a comisiones, sobornos y demás prebendas; la adjudicación de obra pública a empresas, como OHL, a cambio de comisiones y donaciones espurias a las arcas del Partido; la contratación opaca de una larga lista de familiares y amigos sin concurso público ni nada que se le parezca; y un largo etcétera.

Las reacciones por parte de los miembros del Gobierno, y del mismo aparato del Partido Popular, no se han hecho esperar. Ante todo, destacan la sorpresa generalizada y la disposición a colaborar con la Justicia, faltaría más. Sobra decir que el PP da muestras de un cinismo olímpico de nuevo –no hay más que ver la telenovelera comparecencia pública de Esperanza Aguirre a la salida del juzgado-, pero ¿qué se esconde detrás del exhibicionismo de las detenciones, de los coche policiales, las manos esposadas a la espalda y la lluvia de flashes? Adelantamos que tras el escarnio público de estos primeros momentos se está jugando la posibilidad de la continuación, quizá por otros medios, de la impunidad más absoluta.

La secuencia se sucedería tal que así: primero, años de impunidad; después, horas (puede que días, según la gravedad del asunto) de exhibicionismo; por último, vuelta paulatina a la impunidad.

La personalización de la corrupción cumple con la labor de colmar la necesidad de venganza que, se supone, tiene el pueblo (o, según esta concepción, el populacho). Entonces, el linchamiento mediático es condición indispensable para el restablecimiento de la justicia, de su dignidad u honorabilidad. No es de extrañar que los caídos en desgracia, expuestos durante días a la saña informativa, alcancen de puertas hacia dentro la condición de mártires (recordemos el “Luis, sé fuerte. Hacemos lo que podemos”).

La vuelta a la normalidad se manifiesta, metafóricamente, en la renovada capacidad de la empresa de aguas de Madrid para depurar de corruptos el sistema, devolviendo a la ciudadanía la certeza de que quien la hace, la paga. De esta forma, el hilo de Ariadna de la corrupción es cortado a nivel de superficie, impidiendo ir más allá de los nombres propios “Ignacio González” y “Javier López Madrid”. Pero, en este engranaje, los políticos no son más que la cara visible de un entramado que nos permite, después de todo, abrir el grifo y que salga agua. Por eso, llegado el caso, serán la parte que convendrá dejar caer. Yendo más allá, una consistente profundización en ese inquietante “después de todo” nos da pie para vincular nuestros servicios públicos más básicos con la idea foucaultiana de biopolítica.

La democracia moderna se asienta sobre la forma más acabada de una política de la vida, que le otorga legitimidad por resultados, no implícita. Así, la prestación de servicios –públicos, semipúblicos, de concesión pública, de colaboración público-privada, privatizados, etc.- forma parte de un mecanismo de poder que posibilita el “buen” funcionamiento de la sociedad, dicho de otro modo, el control extremo de todo lo que pasa y ha de pasar, en un contexto de mercado. La cuestión aquí no es si la biopolítica es buena o mala -pues se trata de un factum, es decir, algo que se da de hecho y que conviene introducir en una crítica contextualizada de lo que ocurre-, sino si es posible una biopolítica otra.

Esta ha de venir de la recuperación, por parte de la ciudadanía, de los mecanismos de control y rendición de cuentas, que han sido ocupados, cuando han existido, por los grandes partidos durante años y, en muchos casos, subcontratados y privatizados a empresas que los financian ilegalmente (hay todo un ejército de empresas de evaluación de la calidad de los servicios públicos, muchas de ellas multinacionales con responsabilidad directa en el estallido de la crisis).

Pero no solo. Los mecanismos de control quedarán inanes si no van acompañados de un cambio cultural que se enfrente a la hegemonía ideológica de la legitimidad por resultados (el neoliberal “Yo, mientras tenga lo mío, me importa una mierda de dónde salga”). Es preciso abandonar la autocomprensión de clientes de lo público que impera, la primacía de la eficiencia y la rentabilidad, y recuperar el sentimiento de pertenencia y orgullo por lo que es de todos, lo común, universal e igualitario, que dota de contenido sustantivo a la democracia. Como han demostrado las mareas de la sanidad y la educación, la lucha por lo de todos no es una ensoñación utópica a día de hoy, sino, quizá, el principal campo de batalla en el terreno social.

Acabar con la impunidad, por lo tanto, no consiste en el esperpento mediático de la autoflagelación del poder en el cuerpo de un chivo expiatorio, por muy expresidente de la Comunidad de Madrid que sea, sino en la revolución democrática que altere de una vez por todas el reparto de papeles que lleva a un sistema corrupto a perseguirse a sí mismo.

De la impunidad al exhibicionismo. Del exhibicionismo a la impunidad

La subversión del orden realmente existente

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En los últimos tiempos, la palabra crisis ha ido desapareciendo paulatinamente de los medios de comunicación, cediendo terreno ante el discurso oficial que nos habla de un feliz retorno a la normalidad. Tras una larga etapa de sobresaltos y de exposición constante al abismo, en la que todo parecía posible, el desplazamiento discursivo de la crisis amenaza con hacer desaparecer, también, la frontera entre el mundo previo al crack financiero de 2007 y el que surgiera de este. Podríamos hablar, de hecho, de la puesta en marcha de un proceso de borrado de la discontinuidad que otorga sentido a nuestras vidas, radicalmente nuevas, y del restablecimiento de un relato hegemónico que, presentándose como novedoso y adaptado a los tiempos, enlaza acríticamente con la ideología dominante que nos condujo al desastre.

De este modo, el discurso sobre la crisis, mediáticamente asentado, habría sido la ganzúa empleada por los poderes fácticos para romper las últimas barreras, constitucionales y sociales, que dificultaban las más osadas reformas neoliberales. Una vez cumplido su cometido, dicho discurso tenía que ser desterrado de nuestras vidas, pues abría la posibilidad, como de hecho así sucedió, de una contestación masiva de la explicación prefabricada por el poder (“Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”). La última década aparece, así, como una anécdota, inserta dentro de un proceso lineal, de la que no es posible (ni deseable) extraer conclusión alguna. Sin embargo, es preciso retrotraerse a ese momento de interrupción del proceso histórico “normal” para devolver al imaginario colectivo del presente la evidencia de que todo lo que nos precede, como hijos de la crisis que somos, ha de ser puesto en suspenso.

El hecho de que referirnos al estallido de la crisis suene hoy a prehistoria es resultado del abandono, hace meses ya (quizá años), del marco que permitía organizar la realidad en términos de discurso y contradiscurso sobre sus causas y sus responsables. Algo lógico si pensamos que la anunciada crisis de régimen nunca acabó de llegar y, en su lugar, debimos contentarnos con una nada desdeñable crisis de representación. El caso es que la imposibilidad de imponerse en la disputa discursiva dejó las cosas en un punto muerto de difícil salida. Y ha sido el inexorable paso del tiempo el que nos ha llenado la realidad, mucho antes de resolver las causas y de dilucidar las responsabilidades, de una descomunal maraña de consecuencias. Todas ellas se agolpan ahora y lo ensucian todo, permitiendo a los causantes presentarse como parte indispensable de la solución.

Solo la imparable proliferación de casos de corrupción permite todavía vincular lo que pasa hoy con lo que pasó en 2007. Así pues, que la corrupción siga siendo, según el CIS, la segunda preocupación para los españoles, solo por detrás del paro, impide la restauración del pasado, encarnado en los corruptos, en un presente lleno de problemas específicos del ahora. Es a través del kilométrico hilo de la corrupción como podemos impedir que seamos arrollados por la macabra paradoja de ver a las causas y a los causantes hacerse cargo de sus propias consecuencias.

La subversión del orden realmente existente implica, por lo tanto, una ardua labor de desbroce de una realidad colmada, al menos a nivel de superficie, por una grotesca sucesión de fenómenos que enmascaran su verdadero carácter. Estamos viviendo un momento de transformaciones sin precedentes en décadas, algo que se desarrolla confusamente en dos planos distintos, el de la economía y el de la política, pero que convergen de manera coherente en la supremacía de la economía política neoliberal.

Por un lado, el ámbito político es presentado como sumido en un desorden monumental, expuesto a la quiebra de los sistemas de partidos clásicos, amenazados, a su vez, por movimientos populistas de todo color; es, además, incapaz de dar respuesta a los riesgos de un mundo globalizado que desborda las fronteras estatales, que lo empequeñece y lo hace obsoleto. La economía, por su parte, una vez recuperado el paso tras el shock de la deuda soberana, se afianza en el crecimiento continuado del PIB y en el mantenimiento del dogma de la austeridad. La crisis económica de un principio (y, según Sarkozy, la necesidad de “refundar el capitalismo”) se ha tornado en un mero terremoto político que hay que neutralizar, lo que permite restablecer la honorabilidad a la economía como un ámbito de estabilidad y confianza.

Contra esta perversa evolución de los acontecimientos, se hace necesario negar el fraude de una perfecta separación de esferas entre la economía y la política, y redirigir la mirada a una economía política (neoliberal) que ha sido restaurada a base de explotar las ruinas (políticas) de su propia explosión en 2007. Solo así podremos reabrir la herida de las causas y sus responsables, e impedir que sean estas las que nos impongan sus soluciones.

La crisis del sistema no ha supuesto su desaparición, sino el surgimiento de una nueva lógica de funcionamiento en la que la bestia se alimenta de su propia producción incesante de simulacros. Algo así como un poderoso Saturno devorando a sus hijos.

Ilustración: Saturno devorando a su hijo, de Chad White

La subversión del orden realmente existente

Pulsión fascista

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En la memorable película de Billy Wilder Uno, dos, tres (1961), un ejecutivo del gigante americano Coca-Cola (James Cagney) se establece en el Berlín occidental para tratar de introducir la marca en el lado oriental del “telón de acero”. El hombre de negocios americano encuentra a su llegada una sociedad dinámica y disciplinada, entregada, entre el ascetismo y la esquizofrenia, al trabajo abnegado, que ha barrido su pasado bajo la alfombra de la reconstrucción de postguerra y sustituido sus viejos anhelos políticos por la satisfacción del deseo en la nueva sociedad de consumo. La modernidad capitalista de la postguerra choca, sin embargo, con la variedad de elementos totalitarios prediscursivos que sobreviven, en forma de tics, en el comportamiento cotidiano de una gente que oculta la complicidad con los crímenes nazis, cuando no su responsabilidad directa, tras la más amplia de las sonrisas del servicial lameculos.

En otra obra maestra de los primeros sesenta, Opiniones de un payaso (1963), Heinrich Böll reconstruye el estado de conciencia de una época a través de la mirada ingenua (y, por ello, punzante) de un payaso. Hans Schnier, el protagonista, se encuentra perdido y frustrado, incapaz de llevar a cabo el ejercicio de funambulista por medio del cual la inmensa mayoría de los alemanes ha podido continuar con su existencia como si nada hubiera ocurrido. Todo transcurre en un clima sutilmente irrespirable de ironías que sacan a la luz la mediocridad reinante y el espejismo de una democracia fundada sobre los cimientos de la amnesia colectiva más vergonzante.

En una conversación cualquiera en la barra de cualquier bar, un tipo trajeado y su mujer asisten a través de la atronadora televisión al último bombardeo estadounidense en Siria. Trump –dice Antena3- ha atacado una de las principales bases aéreas del régimen de Basar al-Assad, en respuesta –continúa la tele- al “ataque inhumano del dictador sirio contra su propio pueblo”. Como si se tratara de un tic ingobernable, el hombre de mi derecha, desprovisto de la cautela propia del que habla ante un público desconocido, suelta la cerveza sobre la barra, el palillo sobre la bandejita de pinchos y se descuelga con un “Eso es lo que hay que hacer, coño”.

Pasados unos segundos, recobrada la compostura, ante el silencio causado por la ruptura del eco-sistema simbólico, el hombre del traje siente la necesidad acuciante de ofrecer a los presentes una explicación motivada de su reacción. “Es que es –dice- lo que habría que hacer siempre. Cada vez que un moro –continúa- haga un atentado aquí, nosotros tiramos unas cuantas bombas allí. Verás cómo se acaban las tonterías”.

Tratando de encontrar el hilo invisible que conecta la guerra en Siria con los atentados en suelo europeo, en un esfuerzo ímprobo por discernir el universo mitológico que se esconde tras las palabras “moro”, “nosotros”, “aquí” y “allí”, la televisión vuelve al centro de la escena, resolviendo las dudas que pudieran surgir con un nuevo parte sobre el estado de los heridos en el último atentado en Estocolmo. El hombre del traje, mirándome, sentencia retóricamente: “¡¿No ves tú?!”.

Sí, veo.

La pulsión fascista en nuestras sociedades no es el resultado de una reacción espontánea contra unos hechos inasimilables para la razón de seres humanos civilizados. Es, más bien, una parte indispensable de una estrategia más amplia para derribar los obstáculos existentes ante unas políticas que se están llevando por delante lo que quedaba de Estado de Derecho. Los hechos (en forma de atentados horribles multiplicados en su alcance por la penetración de los medios de comunicación) se imponen por sí solos, y otorgan legitimidad a la desproporción más absoluta.

Nadie que se haya parado un minuto a pensarlo un poco puede afirmar que los atentados terroristas en Francia (o en Bélgica, o en Reino Unido, etc.) puedan acabar con la democracia, las instituciones o la República Francesa. Son, insisto, hechos abominables que poseen, no obstante, un alcance tremendamente limitado (incluso el 11-S solo supuso el cierre de la bolsa de Nueva York durante un día). Nadie debería concluir, entonces, que “los atentados terroristas son un ataque a nuestros valores, la democracia y a nuestra forma de vida”. Antes bien, habría que recapacitar sobre el burdo intento de construcción de un nosotros y un aquí acordes a los parámetros de un mundo globalizado que requiere de un antagonista inofensivo y desterritorializado, pero que actualice periódicamente, eso sí, la amenaza que se cierne sobre nosotros a través de un producto descarnado e impactante, el atentado, que nos atragantará la cerveza y el pincho en la barra del bar.

Mientras tanto, el avance del proceso de desdemocratización es más que evidente. Estamos asistiendo a un cierre de filas que en la mayoría de países no permite el más mínimo matiz. De izquierda a derecha del espectro político, la unidad frente al terror se impone y ahoga, entre gritos patrióticos, la posibilidad de reelaborar político-discursivamente la realidad más cercana. Es la confirmación de un imaginario de guerra en sociedades pacificadas que, tal vez, han olvidado el verdadero significado de la palabra “guerra”.

En España, la situación, a pesar de todo, es bien distinta. La aparición del 15-M consiguió abrir un espacio de confrontación, que por su misma profundidad aún no ha podido ser cerrado, y ocupar masivamente el inconsciente político de una generación (por utilizar la expresión de Jameson). Ese espacio nos vacuna, de momento, contra la pulsión fascista e impide el cierre de filas asfixiante que contemplamos en otros países de nuestro entorno cuando alguien levanta la bandera de la unidad contra el terrorismo.

Pulsión fascista

Cassandra y la nueva era de las neutralizaciones y las despolitizaciones

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Le hemos cogido la caricatura a Grañena en la web de Ctxt.

El “caso Cassandra Vera” –la condena impuesta a una mujer por sus chistes en Twitter sobre el asesinato del sucesor de Franco, Carrero Blanco- nos proporciona nuevos elementos para pensar nuestro tiempo en su absoluta especificidad. El hecho juzgado (humillación a las víctimas del terrorismo) ha sido justificado como el resultado lógico de atender a la objetividad del Derecho en un asunto tan sensible como la defensa de la dignidad de las víctimas, en un país golpeado duramente por la barbarie terrorista durante décadas. Sin embargo, dicha objetividad ha sido acompañada de un ejercicio filibustero de abstracción de las víctimas, lo que produce, en última instancia, una suerte de comunión ontológica entre todas ellas, vengan de donde vengan, dando lugar, además, a una impúdica continuidad entre la dictadura franquista y nuestro Estado de Derecho.

Este antidemocrático sinsentido debería hacernos recapacitar, por sí solo, sobre la a todas horas cacareada y sacrosanta división de poderes. Pero hay más, mucho más. El rigor de la condena (un año de cárcel y siete de inhabilitación) se aproxima al ensañamiento judicial contra un sujeto que debe ser disciplinado y exhibido en el espacio público (las redes sociales ya se encargarán de ello), con el fin de que el conjunto de la población tome nota y se produzca el aprehendizaje por medio del cual las relaciones de poder penetran en los cuerpos.

La vuelta repentina a unos mecanismos de poder menos sofisticados, más explícitos, anacrónicos para cualquier comprensión lineal de la historia, se produce como consecuencia del desprestigio y la paulatina invalidación del marco (y sus relatos y códigos) que ha imperado, sin despeinarse, durante décadas. De ahí el exhibicionismo y la falta de vergüenza de la Audiencia Nacional, arrojando todo el peso de la Ley sobre un asunto a todas luces inofensivo. El desvarío, sin embargo, no es ni mucho menos anecdótico. Hay que achacarlo a una reacción enérgica contra el momento de desbloqueo que estamos viviendo y que se extiende a la totalidad de la vida social, especialmente al ámbito comunicacional. Tiene que ver con lo que Kierkegaard llamaba “la suspensión política de la ética”, con nuestro momento político, y debe responsabilizarnos aún más en la conquista de un presente todavía políticamente abierto.

El caso Cassandra ha de ser inscrito, por lo tanto, en la particularidad radical de este tiempo de crisis generalizada, como testimonio de la profundidad del momento disruptivo que se hizo evidente desde el estallido de la crisis, y de la consiguiente contrarreforma puesta en marcha para frenar la sacudida. Nos equivocaríamos, de nuevo, al plantear la contestación social a la sentencia en términos de defensa de una abstracta libertad de expresión. Lo que está en juego es el corazón mismo de nuestro presente, la posibilidad de mantener viva la llama de ese nuevo sujeto político colectivo contra el cual se han puesto en marcha los mecanismos disciplinarios del poder. Por ello, reducirlo todo al marco de la libertad de expresión supondría la asimilación a los parámetros del enemigo, la claudicación ante el camino marcado por una realidad en desbandada.

Es preciso ir más allá y afirmar que la condena contra Cassandra es un ataque frontal a toda una generación, que está en Twitter y en Facebook, sí, pero que también estuvo en las plazas del 15-M, y en cualquier espacio que ofrezca un resquicio de aire respirable en esta realidad insoportable. Lo ocurrido a Cassandra ha de sumarse al mito fundante que da cuerpo y densidad al relato con el que tenemos el deber moral y el compromiso político de continuar contestando la historia oficial de un presente abierto en canal.

Es la insondable excepcionalidad del momento político que vivimos la que hace que se desvanezca la objetividad profiláctica del Derecho, y la que nos otorga la posibilidad de responder a la condena sobre Cassandra con una denuncia contra la subjetividad de un Derecho desenmascarado como brazo armado de los intereses particulares de una élite que ha perdido los complejos.

Cassandra y la nueva era de las neutralizaciones y las despolitizaciones