Especulación informativa

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Si yo viviera en otro lugar, si no fuera de aquí, podría no sorprenderme el aluvión informativo que se produjo ayer sobre Ramón Espinar y su piso. Si no supiera nada, si hubiera crecido en una de esas idílicas repúblicas nórdicas, seguro que asistiría con interés al escrutinio exhaustivo de la opinión pública ante cualquier presunto comportamiento indecente. Si me hubiera caído de un guindo, es más, no dudaría del trabajo periodístico y de la labor de los medios de comunicación como garantes de la democracia. Pero vivo en España, soy de aquí, y sé ya algunas cosas porque he crecido en medio de una crisis que, como a muchos otros, me ha despertado del ensueño en el que las cosas son lo que parecen.

Ramón Espinar se compró un piso y lo revendió por una cantidad superior. No voy a detenerme en el sinfín de conjeturas sobre la naturaleza de la vivienda y el origen del dinero con el que la adquirió. Quiero centrarme en la repercusión mediática del hecho, y en unas cuantas cosas más.

La Cadena Ser abrió ayer con la noticia, informando con rigurosa puntualidad en cada boletín informativo. Supongo que alguien en el Grupo Prisa debió pensar que dar la primicia por el El País sería demasiado sospechoso. El periódico ha hecho últimamente con demasiada asiduidad las veces de poli malo, por lo que alguien habrá decidido apartarlo del caso, suspenderlo de empleo y sueldo. Es fácil imaginar a un ejército de potenciales periodistas, o sea,  becarios, trabajando extenuantemente para encontrar algo, cualquier cosa que sirva de munición para la guerra. Como esos soldados abandonados en el campo de batalla, que saben que van a morir, el Grupo Prisa está desarmado, con la cara en el barro, por eso se defiende arrojando sobre el enemigo lo que encuentra a mano, cualquier cosa, hasta los zapatos.

El hecho es lamentable por una infinidad de razones que vienen al caso. Elevar a noticia de portada semejante nadería es un atentado contra la deontología de unos profesionales que se comportan como auténticos mercenarios, cazarrecompensas que nada saben, ni de oídas, del noble oficio de informar. Es insultante el contraste con el tono rutinario, casi burocrático, con el que se está siguiendo el caso Gürtel, o todo lo que tiene que ver con el agujero negro de Caja Madrid. La excepcionalidad de este momento que vivimos nos hace desconfiar sistemáticamente de lo que nos llega a los oídos, pero alguien debe seguir pensando que, cómo no, algo de lo que circula se queda para siempre.

Y por supuesto que es así. Al inicio de la crisis, cuando la burbuja inmobiliaria estalló, corrimos desconcertados tratando de encontrar una explicación sobre lo que nos había pasado. Alguien sentenció entonces que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, y que, en cierta forma, la responsabilidad de lo acaecido quedaba diluida porque, de hecho, todos éramos responsables. El que más y el que menos se había aprovechado de las circunstancias, vendiendo a 10 lo que había comprado a 5. Tuvimos que hacer un esfuerzo ingente para autoconvencernos de que nuestras abuelas no eran como Rodrigo Rato, de que nuestros padres, albañiles, no eran como Florentino Pérez.

Hoy, con lo que ha llovido, asistimos a otro intento burdo de socializar las responsabilidades, una vez socializadas las pérdidas. La contracara de esto, es evidente, es una privatización creciente de los beneficios generados por la extensión sobre el conjunto de la población del sentimiento de culpa, del desánimo y la desconfianza, de la anomia y la impotencia que nos insta a pensar que, en el fondo, todos somos iguales. Ramón Espinar, nos dicen golpeándose el pecho, es tan corrupto como nosotros, qué esperabais. Es el paso previo para afirmar, impúdicamente, otra vez, que tenemos lo que nos merecemos, con la intención de que lo asumamos, de que algo quede, y volvamos a la parálisis enfermiza que mantiene las cosas en su sitio.            

      

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